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Le pedimos que nos muestre su estudio y nos conduce a la biblioteca. La biblioteca o el bosque (“es el mejor jardín”): madre nutricia de toda su creación. Una sala en penumbra, apenas iluminada por una linterna de luz natural en el techo; el olor incisivo del papel viejo o la memoria, y el tiempo acumulado como polvo sobre el collage de su viaje perpetuo. El viaje que ya no es posible, cuenta, protesta, en un mundo globalizado de ofertas o “forfaits” de una semana todo incluido a la antípoda del globo. Frederic Amat (Barcelona, 1952) no ha llegado al término de su nomadismo, pero ha afincado sus talleres generales en la ladera del parque natural de Collserola, asomado a “la distancia infinita” sobre la ciudad y el mar interminable. Una casa, dos casas, que aún reconstruye a su antojo, a modo de laberinto; un trasiego de estancias, rincones, alturas, especies botánicas, por el que se transita de la poesía a la pintura, la escultura, el muralismo, la ilustración, escenografía, collage y, por fin, el cine. Este otoño estrenará la última cinta de un tríptico que, sin ser él consciente, resultó un tríptico de lunas. Primero dirigió “Viaje a la luna”, sobre el único guión escrito por Federico García Lorca, en 1929, allá por “Poeta en Nueva York”; luego, de Joan Brossa, “Foc al càntir”, y ahora, “El aullido”, un guión que Guillermo Cabrera Infante le brindó poco antes de morir y que Amat rueda sobre escenarios construidos a modo casi de collage: el Caribe toma vida en un hangar. Elena Pita visita el estudio del artista, con quien conversa acerca de su carrera, de su rutina de trabajo, sus últimos proyectos... y, en general, del momento actual, con una pincelada de optimismo.
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