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Pocos acontecimientos trascendentales en la historia del arte dependen de un tiempo y un lugar tan concretos como el caso que relatamos: el momento en que Solomon R. Guggenheim se hace retratar por la joven pintora alemana Hilla Rebay. La vejez reservaba al multimillonario Guggenheim un papel insólito, el de mecenas del primer museo de arte no objetivo del mundo. Cuanto le narra aquella mujer una mañana de 1927, pincel en mano, atrapa su interés como nada lo había hecho antes. El poder evocador del arte abstracto. El misticismo poderoso de una pintura que carece de apoyos y que el gusto dominante desprecia. El arte del mañana. Rebay le guiará por Europa, le presentará a la vanguardia parisina, le llevará al estudio de Kandinsky. Y Solomon, contagiado ya de tan rara afección y con una rapidez de chequera digna de los viejos westerns, reúne en pocos años una colección impresionante, que incluye un centenar de “kandinskys”. Ha de buscarles un sitio, ¿qué tal abrir un museo? Un museo de arte no objetivo que fuera un paso más allá que el Museum of Modern Art de Nueva York. Sólo abstracción, nada más. Lo que éste excluía, por ejemplo, al cubismo y al surrealismo, sí lo incluye la sobrina de Solomon, Peggy, en su colección. En 1948, Peggy decide trasladarse a Venecia, compra el palacio Venier dei Leoni e instala allí todas sus obras. Lo que resulta de ello es una de las mejores colecciones de arte contemporáneo de su tiempo. Su casa se convierte en casa-museo y así continúa en Venecia hasta hoy, con los oportunos cambios, bajo el nombre de Peggy Guggenheim Collection, desde 1976, integrada en la Solomon R. Foundation. Francisco J.R. Chaparro recorre la historia de la Fundación al hilo de la exposición que reúne en el Guggenheim Bilbao algunas de las piezas más representativas de sus museos de Nueva York y Venecia.
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